Mi voto también entra al salón de clase

Columna de opinión realizada por Sebastián Perdomo Buriticá

Hay días en los que un salón de clases se parece más a un país que a una institución educativa.

Basta observar con atención: en una misma fila conviven el estudiante que desayunó antes de salir de casa y el que solamente tomó café; quien llegó en carro y quien atravesó media ciudad en TransMilenio; quien tiene tiempo para soñar y quien estudia mientras piensa en cómo ayudar económicamente a su familia. Todos sentados bajo la misma luz blanca, intentando imaginar un futuro posible.

Por eso nunca he creído que enseñar sea únicamente explicar teorías, calificar trabajos o repetir contenidos frente a un tablero. Ser docente es aprender a escuchar silencios. Entender cansancios. Reconocer miradas. Descubrir cuándo un estudiante está a punto de rendirse, incluso antes de que él mismo lo diga.

Y quizá por eso también entendí hace tiempo que la política sí entra al aula.

Entra cuando un estudiante abandona la universidad porque no pudo pagar el semestre. Entra cuando alguien llega sin haber comido. Entra cuando una beca le cambia la vida a una persona que siempre creyó que estudiar era un privilegio ajeno. Entra cuando un joven descubre que sí tenía talento, pero nadie se lo había dicho antes.

Mi voto este 31 de mayo también es por ellos y ellas.

ARTICULO2

Por quienes todavía creen que estudiar puede cambiarles la historia. Por quienes siguen haciendo tareas de madrugada después del trabajo. Por quienes cargan más responsabilidades que años. Por quienes, aun con miedo, siguen apostándole al conocimiento como una forma de dignidad.

A veces se nos olvida que las decisiones políticas no se quedan en los discursos ni en los debates televisados. Terminan instalándose en la vida cotidiana de las personas. En el precio de una matrícula. En la posibilidad de investigar. En el acceso a la cultura. En la permanencia de un estudiante dentro del sistema educativo.

Yo mismo soy resultado de oportunidades que no deberían ser excepcionales.

Vengo de la educación privada, sí. Pero defiendo profundamente lo público porque entiendo algo simple: si este país no hubiera abierto caminos educativos para miles de personas, muchos de nosotros jamás habríamos llegado hasta aquí.

Defender lo público no es romantizar la precariedad ni convertir la educación en un discurso vacío. Es comprender que hay talentos naciendo todos los días en barrios, pueblos y familias donde muchas veces lo único abundante son las dificultades.

Y aun así, los estudiantes llegan.

Llegan con cuadernos gastados, con sueños desordenados, con preguntas inmensas y con una esperanza que este país no siempre sabe cuidar.

Quizá por eso sigo creyendo que enseñar es una forma de responsabilidad con el futuro.

Y quizá por eso también entiendo que votar nunca será solamente un acto individual. Porque, de alguna manera, cada decisión que tomamos como sociedad termina sentándose también en la última fila de un salón de clases, apostando por construir un país donde el mañana rime con la justicia, donde el cambio de verdad se pueda y la dignidad por fin se haga costumbre.

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