El eco de los hechos: Retrato de un oficio que...
Leer másEl calendario marca otra vez el 9 de febrero, y el aroma del café matutino parece mezclarse, por un instante, con el olor a tinta fresca y el magnetismo de las cabinas de radio. No es nostalgia gratuita; es la memoria de un cuerpo que ha aprendido a leer la realidad a través de un visor y a contarla frente a un micrófono. Ser periodista en este país no es solo una profesión, es una forma de habitar el mundo, una guardia permanente que no conoce de festivos, pero sí de profundas satisfacciones.
Mis primeros pasos resuenan en los pasillos de Uniminuto Radio. Allí, en el programa Voces en Movimiento, descubrí que la palabra tiene un peso atómico. Éramos jóvenes convencidos de que un micrófono podía ser el megáfono de los que no tenían voz. Recuerdo la adrenalina de ajustar los niveles en la consola, el miedo reverencial al “aire” y la fascinación por esa comunicación invisible que conecta a un emisor con alguien que, al otro lado del receptor, busca compañía o verdad. La radio me enseñó a escuchar antes que a hablar, una lección que hoy, entre tanto ruido digital, parece un acto de resistencia.
Luego vino el vértigo de la imagen. En Citytv, la calle se convirtió en mi oficina. Allí comprendí que la noticia no está en los boletines oficiales, sino en la esquina, en el barrio, en el ciudadano que reclama un semáforo o que llora una injusticia. Aprendí que la inmediatez es una amante exigente, pero que nunca debe pasar por encima de la dignidad humana. Tiempo después, en Cristovisión, el periodismo me exigió una mirada más pausada, una búsqueda de la esperanza en medio de un contexto social a menudo árido, recordándome que la ética y los valores son la brújula indispensable de nuestro oficio.
Pero quizás donde mi pulso se hizo más firme fue en El Espectador. Cargar la cámara como fotoreportero para el diario de los Cano fue habitar la historia en primera fila. El fotoperiodismo es la búsqueda del instante honesto. No se trata de encuadrar la tragedia, sino de capturar la humanidad que sobrevive en ella. Entre el clic del obturador y el revelado —primero químico y luego digital—, entendí que una imagen puede decir lo que mil adjetivos callan. En las páginas de ese diario, la responsabilidad pesaba en la mochila: cada foto era un compromiso con la memoria colectiva de un país que olvida pronto.
Hoy, la tecnología ha transformado el ecosistema. Pasamos de las pesadas grabadoras de cinta y los rollos de 36 exposiciones a la tiranía del clic y el algoritmo de TikTok. Como docente, observo a las nuevas generaciones con una mezcla de inquietud y esperanza. Les hablo de la importancia de la verificación, del rigor que exige el dato y de la empatía que demanda la crónica. Les digo que, aunque la inteligencia artificial pueda redactar una nota, jamás podrá sentir el nudo en la garganta al entrevistar a una víctima, ni tendrá la malicia necesaria para desconfiar del poder.
El periodismo atraviesa una crisis de confianza y de modelo de negocio, es cierto. Sin embargo, su valor social es hoy más crítico que nunca. En un mundo saturado de fake news y cámaras de eco, el periodista debe ser el faro que ayuda a distinguir la verdad del simulacro. Nuestra misión no ha cambiado: somos los encargados de incomodar al poderoso y de narrar la cotidianidad con ojos críticos.
A los jóvenes que hoy sueñan con esta carrera: no se dejen seducir solo por el brillo de la fama efímera o los “likes”. El periodismo de verdad se hace con los pies en el barro y el corazón en la gente. Es un oficio de valientes, de tercos, de seres apasionados que entienden que contar una buena historia es, en esencia, un acto de amor por la democracia.
Celebro este día no por los premios, sino por las historias que me permitieron contar y por las que aún faltan por nacer. Porque mientras haya una injusticia por denunciar o un sueño por relatar, habrá un periodista listo para encender la luz.
Salud por uno de los oficios más hermosos del mundo.
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